
El letargo de sus mañanas se combinaba de forma armónica con los ronquidos de su abuela, que pese a la hora, no tenía planeado despertarse todavía. Mónica era una mujer tan convencional, tan predecible, tan llena de rituales y costumbres, Mónica era una mujer como tantas otras y justamente eso, era lo que estaba punto de ocasionarle el mayor de sus últimos colapsos, el que la separaría para siempre de esa vida prediseñada, de esa vida de ritos marcados, pisos limpios y manos bien desinfectadas.
Y es que al igual que toda su vida, sus mañanas eran todo un dogma, toda una serie de eventos bien pensados y en la gran mayoría de los casos diseñados para optimizar, mas que para suplir necesidades. De la cama, siempre con el pie derecho, a la ducha, donde tomaba una baño de no mas de quince minutos, por aquello de no socavar su valiosa ración de tiempo matutino, después de eso a su armario, donde de forma milimétrica conformaba un atuendo armónico y uniforme, una ves vestida y maquillada con sus cosméticos de colores sobrios, a la cocina donde preparaba un desayudo rico en fibra y sin un solo miligramo de grasas poliinsaturadas, luego de esto y no sin ates dejarle servidos los saludables alimentos a su abuela, al garaje, a su auto y a la oficina donde como todos los días le esperaba mucho trabajo y poco tiempo para comer.